Por David.
Una de las consecuencias de hacerse 125 kilómetros en bici
con un grupo de amigos por caminos intransitables por el barro mientras el
viento sopla en contra durante gran parte de la jornada es que cuando llegas a
tu destino te sientes victorioso. Y, claro, existe una ley no escrita que dice
que toda victoria debe ser celebrada. Pues eso es lo que nos vimos abocados a
hacer el día anterior. La cena que tomamos en el Hostal Cazalegas y los
refrigerios posteriores nos pasaron factura a la mañana siguiente. Por eso he
decidido empezar a narrar la segunda etapa de nuestro camino desde el final del
primer día. La segunda etapa comenzó antes de que finalizase la primera,
teniendo en cuenta que esa celebración nos pasó factura a la mañana siguiente.
A las
07:30 del jueves santo comienza a sonar la alarma de algunos teléfonos.
Mientras en la habitación del fondo tres personas se pelean por ser los
primeros en llegar a la cafetería a desayunar, ansiosos por comenzar a rodar,
en la otra habitación tres ceporros rivalizan a golpe de ronquido a ver quién
apura más sobre la cama. Suenan golpes en la puerta. Joder. Nuevos golpes. Ya
no queda margen. Arriba.
A las 08:15 estamos desayunando en la cafetería del hostal. Mientras, algunos paisanos nos miran como bichos raros mientras toman un sol y sombra. Cuando vamos a recoger las bicis sopla una fresca brisa. El cielo está despejado de nubes y el sol quiere hacerse notar a pesar del ligero aire mañanero. Hoy, por fin, hará calor.

